Melissa no despierta distinta de un día para otro.
No salta de la cama cantando ni se vuelve extrovertida de pronto. Su cambio es más silencioso, más profundo, como esas plantas que no hacen ruido al crecer, pero un día ocupan todo el espacio que antes parecía vacío.
El primer indicio aparece una mañana cualquiera, mientras se pone los zapatos para ir a la escuela. Marcus la observa desde la puerta, apoyado en el marco, sosteniendo al bebé que todavía duerme con ese peso tibio que obliga a bajar el ritmo.
—¿Lista? —pregunta.
Melissa asiente, pero no se levanta de inmediato. Está sentada en el suelo, concentrada en amarrar las agujetas con una paciencia nueva. Antes, siempre tenía prisa. Prisa por no estorbar, por no llegar tarde, por no sumar peso a una mañana ya cargada.
Ahora no.
—¿Sabes qué? —dice de pronto—. Hoy no quiero llevar la mochila grande.
Marcus frunce el ceño.
—¿Por?
—Porque pesa —responde—. Y solo tengo dos cuadernos.
Marcus se inclina, revisa. Tiene razón.
—Está bien —