Marcus no anuncia nada.
No hace promesas nuevas.
Simplemente empieza a hacer las cosas distinto.
La primera señal es casi imperceptible. Una mañana, el bebé se mueve en la cuna y Marcus abre los ojos por reflejo. El cuerpo se le tensa, preparado para levantarse antes incluso de pensar. Pero esta vez se detiene. No por cansancio, sino por conciencia. Gira la cabeza. Laila está despierta, mirándolo.
—Voy yo —dice ella, con voz baja.
Marcus respira hondo. No responde de inmediato. Antes, habría di