Marcus no reconoce el sentimiento de inmediato.
No llega como rabia ni como desconfianza. Llega como una incomodidad leve, casi educada, que se instala en el pecho y no empuja, solo observa. Como si algo estuviera fuera de lugar, aunque no sepa nombrar qué.
Ocurre un martes por la tarde.
Laila sale de casa con un vestido sencillo, nada provocador, nada pensado para llamar la atención. Sale así porque se siente cómoda, porque el cuerpo ya no le pesa como antes, porque el espejo dejó de ser un juicio. Marcus la ve ajustarse el cabello frente a la puerta, concentrada, tranquila.
—Vuelvo en un rato —dice ella—. Quedé de tomar un café.
—¿Con quién? —pregunta él, sin intención.
—Con Clara, del taller —responde Laila—. Y quizá llegue Julián, el fotógrafo del proyecto.
Marcus asiente. Sonríe. No hay alarma.
—Que te vaya bien —dice.
La besa en la mejilla. Laila se va.
Marcus se queda en casa con los niños. Hace lo que sabe hacer. Cambia pañales. Prepara la cena. Ayuda a Melissa con una tarea.