El ritual no nace de una idea brillante.
Nace de una noche en la que ambos entienden que seguir improvisando ya no alcanza.
El bebé duerme por fin. Los gemelos están rendidos. Melissa se quedó dormida con la luz encendida y un libro abierto sobre el pecho. Marcus apaga la lámpara con cuidado. Observa su respiración pareja. Esa calma infantil que solo existe cuando nadie les pidió sostener nada.
En la cocina, Laila está sentada con la espalda encorvada, las manos rodeando una taza fría. No llora. No suspira. Está vacía.
Marcus se sienta frente a ella sin decir nada. Se queda ahí. No pregunta “¿estás bien?”. Esa pregunta ya no sirve cuando el cansancio es hondo.
—No quiero que esto nos vuelva ásperos —dice Laila de pronto.
Marcus asiente.
—Ni que nos volvamos eficientes y ausentes —responde.
Se quedan en silencio unos segundos. No incómodo. Productivo.
—Necesitamos algo que nos sostenga cuando no tengamos energía para sostenernos solos —dice Marcus.
Laila lo mira.
—No un plan —aclara—.