El pasado no vuelve con estruendo.
No irrumpe.
No exige.
Vuelve como suelen volver las cosas que alguna vez dolieron de verdad:
con una presencia discreta, casi educada, que podría ignorarse… pero que no conviene.
Marcus lo siente antes de entenderlo.
Es un martes cualquiera. Está en el coche, detenido en un semáforo, con la radio baja y la cabeza despejada. No piensa en nada importante. Ese es el primer signo de que algo cambió: ya no vive en alerta constante. El cuerpo va solo, sin tensión.
E