El pasado no vuelve con estruendo.
No irrumpe.
No exige.
Vuelve como suelen volver las cosas que alguna vez dolieron de verdad:
con una presencia discreta, casi educada, que podría ignorarse… pero que no conviene.
Marcus lo siente antes de entenderlo.
Es un martes cualquiera. Está en el coche, detenido en un semáforo, con la radio baja y la cabeza despejada. No piensa en nada importante. Ese es el primer signo de que algo cambió: ya no vive en alerta constante. El cuerpo va solo, sin tensión.
Entonces lo ve.
No es alguien irreconocible. Tampoco alguien cercano. Es una figura del pasado, sentada en una terraza, hablando con otra persona, gesticulando de una forma que Marcus conoce demasiado bien. No es nostalgia lo que aparece. Es memoria corporal. Un ajuste automático en los hombros. Un leve apretón en la mandíbula.
El semáforo cambia. Marcus avanza. La imagen se queda atrás.
Pero el eco ya entró.
Durante el día, la sensación vuelve de forma intermitente. No como pensamiento obsesivo,