Mundo ficciónIniciar sesiónClara siempre había tenido una relación especial con el silencio. No le molestaba. Al contrario: lo interpretaba como una confirmación. Cuando la casa estaba callada, cuando nadie interrumpía sus pensamientos, cuando todo parecía detenido en su sitio exacto, Clara sentía que el mundo estaba funcionando como debía. Aquella tarde, el silencio era perfecto. No había llantos de bebés —Marcus se los había llevado—, no había voces externas, no había mensajes insistentes. Solo ella. Y esa quietud le resultaba profundamente satisfactoria.
Se desplazó por la casa con pasos tranquilos, descalza, sintiendo la textura del piso bajo sus pies como si caminara sobre algo que le pertenecía por derecho. Esa casa era su territorio. No solo porque estuviera a su nombre o porque hubiera decidido cada detalle de la de







