El sábado amaneció con un tipo de calma que Marcus no confiaba.
Ese silencio pulcro del penthouse, ese aire tibio filtrado por los ventanales, le recordaba a los días posteriores a una tormenta: cuando todo parece quieto, pero el eco de lo que se rompió sigue colgando en el aire.
Melissa todavía dormía. En su habitación, la niña tenía los brazos abiertos, el cabello negro extendido sobre la almohada y la respiración serena de quien nunca ha conocido el miedo.
Marcus se quedó mirándola unos segu