El domingo amaneció gris.
Nubes pesadas cubrían la ciudad y el penthouse tenía ese silencio que se instala antes de la lluvia.
Marcus había intentado dormir, pero no podía dejar de pensar en ella.
Cada palabra de Laila le seguía resonando:
“Lo que necesita no es alguien que cuide a Melissa, sino alguien que la quiera.”
Esa frase lo había desarmado.
Y, aunque no lo admitiría en voz alta, tenía razón.
Melissa entró en su despacho a media mañana.
Cargaba una hoja de papel con dibujos de colores.
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