En el centro del territorio de la Manada de Hierro, el Gran Santuario de la Diosa Luna brillaba bajo antorchas y faroles suspendidos entre los árboles. Las columnas de piedra blanca estaban adornadas con cintas plateadas y flores nocturnas que abrían sus pétalos solo bajo la luz lunar.
El altar central, tallado con símbolos antiguos del linaje, reflejaba la luz de la luna llena que comenzaba a elevarse en el cielo. Era un espacio sagrado, reservado para ceremonias trascendentales. Y esa noche,