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El hospital de la Manada de Hierro estaba en silencio aquella tarde, pero el silencio no traía paz.

En una de las habitaciones privadas, Lysandra Ardenne permanecía recostada sobre la cama, pálida, con el cabello extendido sobre la almohada blanca. Sus ojos estaban hinchados porque había llorado, pero intentaba mantenerse fuerte para su familia.

Se había desvanecido tres veces en menos de veinticuatro horas.

Sin explicación clara.

Sin heridas visibles, sin fiebres o nada visible que dé indicios
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