Los rayos del sol comenzaban a teñir de oro pálido las paredes de piedra de la habitación. Afuera, el silencio del monasterio era interrumpido apenas por el canto lejano de los pájaros y el murmullo del viento que se colaba entre los árboles. Dentro, la quietud sagrada de una habitación que había sido testigo de una entrega total aún flotaba como incienso.
Eira se encontraba recostada contra el pecho de Entienne dentro de la tina, sumergidos ambos en agua templada con aroma a lavanda y pétalos