Dos noches después del nacimiento de Fiorella, la casa dormía en completo silencio. El murmullo de la fuente del jardín y el lejano canto de los grillos eran los únicos sonidos que acompañaban la calma.
Pero de pronto, un grito rasgó la madrugada.
—¡¡NOOOO!! ¡¡NOOOOO!!
Edward fue el primero en llegar a la habitación de Rowena, con una bata sobre su camisa de dormir y el corazón latiendo con fuerza. Entró sin pensarlo dos veces.
—¡Rowena! ¡Estoy aquí! —dijo con voz firme.
Rowena estaba empapada e