La luna se alzaba sobre la villa como un faro silente de los cielos, iluminando con su luz plateada las columnas de mármol, los pasillos silenciosos y los jardines dormidos. Roma guardaba silencio. Y entre ese silencio sagrado, Entienne caminaba con paso firme pero contenido hacia la habitación de Eira.
Llevaba aún la capa del inquisidor, pero no pesaba como antes. Ya no era una cruz, sino un símbolo transformado. Su alma no cargaba culpa, sino verdad. Su pecho palpitaba con una urgencia nueva,