El verano en Toscana era un regalo de Dios.
El cielo, de un azul profundo y sin nubes, abrazaba los viñedos y los campos de girasoles que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Las cigarras cantaban su himno de mediodía, y la brisa que venía desde el valle acariciaba las ventanas abiertas de la Villa della Luce, una propiedad de piedra clara, con persianas verde oliva, arcos adornados con bugambilias y una fuente de mármol en el centro del jardín que cantaba su murmullo constante.
La casa