La luz temblorosa de las velas se deslizaba sobre las paredes de piedra, como lenguas doradas acariciando secretos. La habitación, cálida y húmeda, olía a madera mojada, a lavanda, a piel recién lavada. Afuera, la lluvia murmuraba, cómplice, como si supiera que dentro de aquel santuario sagrado, dos cuerpos iban a romper las reglas del cielo y de la carne.
Eira, de pie junto al lecho, temblaba. Su piel desnuda, perlada aún por gotas de agua, brillaba como la de una diosa recién nacida. Su cab