El humo comenzaba a oscurecer el cielo de la abadía, mezclándose con los gritos y el sonido metálico de espadas chocando. La tierra temblaba bajo el peso de la traición. Los hombres enviados por el rey de Inglaterra —disfrazados de sirvientes y obreros— se habían lanzado como una plaga sobre el corazón de la abadía. Tenían órdenes claras: no dejar piedra sobre piedra.
Pero no contaban con que dos hombres estarían dispuestos a interponerse con cuerpo y alma.
Entienne Valois, el antiguo azot