Entienne, tras haberse cambiado a ropa seca, se arrodilló junto a la cama. Llevaba unos drawers limpios y una camisa blanca de lino, abierta hasta el pecho, revelando los músculos tensos y la piel aún perlada del agua. Sin embargo, lo que más le molestaba no era el calor en su cuerpo, sino el intenso y persistente peso de su virilidad, que seguía erguida, pulsante, reclamándole a gritos lo que él no podía permitirse.
“Dios, dame fuerzas,” murmuró mientras mojaba un paño limpio en un cuenco con