La noche estaba oscura, cargada de presagios. Las calles estaban casi vacías mientras el auto negro de Damián Blackwood se deslizaba silenciosamente por la ciudad. En el asiento trasero, Luna Moretti dormía, inconsciente, con el rostro pálido bañado por la luz de los faroles que entraban a través de la ventanilla. Su cabeza reposaba contra el pecho firme de Damián, quien la sujetaba con una mezcla de protección y rabia contenida. A su lado, Sebastian conducía sin decir palabra, respetando el si