Sebastián bajó las escaleras del club cargando a Luna en brazos. Su respiración era irregular, su cuerpo estaba caliente y su piel perlada en sudor. Al llegar al sótano privado del club, la acomodó con cuidado sobre un sofá de cuero negro. Un hombre de la manada, robusto y de cabello oscuro, lo observó preocupado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el hombre.
Sebastián se inclinó, tomó el pulso de Luna y respondió con urgencia:
—Busca al médico. ¡Rápido!
—Sí, señor —respondió el otro, y sin perder