Sebastián estaba sentado en un banco del sótano, con el rostro tenso y los ojos clavados en Luna Moretti; no se movía de su lado. La joven yacía sobre un sofá de terciopelo oscuro, su piel empapada en sudor, su respiración agitada. El ambiente era silencioso, excepto por los latidos acelerados que salían de su pecho y el leve crujido de los pasos de Sebastián al moverse nervioso de un lado a otro.
De pronto, la puerta se abrió con un leve chirrido, y una figura alta y robusta entró con paso dec