Aylén permaneció inmóvil unos segundos, con el ceño apenas fruncido y la taza aún tibia en su memoria. La idea de que alguien la estuviera buscando allí, en la entrada de la mansión, le resultaba extraña… pero no imposible.
—¿Por mí? —repitió, más despacio.
Ana asintió con respeto.
—Sí, señorita. Insistió en verla.
Aylén no hizo más preguntas. Algo en su interior ya le decía de quién se trataba.
Dejó la taza sobre la mesa con suavidad y salió de la cocina sin prisa, pero sin detenerse. Sus paso