El eco de los pasos de Elara rebotaba contra las bóvedas de piedra, un sonido rítmico que acentuaba la inmensidad del lugar. Se detuvo en seco, dejando que su mirada recorriera las molduras bañadas en pan de oro y los tapices que colgaban de muros milenarios.
—Esta mansión es enorme... bueno, realmente es un castillo —murmuró Elara, acelerando el paso para alcanzar a su hermana—. Y dime, ¿dónde está mi cuñado? ¿Acaso lo escondes en alguna de estas torres para que no vea a la familia?
Aylén no s