La primavera avanzaba con paso firme, vistiendo los jardines del castillo con un manto de flores blancas y violetas. Era una tarde inusualmente cálida cuando Aylén decidió que ya no podía soportar estar encerrada entre cuatro paredes.
—Por favor, Elara, solo un paseo corto —suplicó Aylén, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos mientras miraba a su hermana con ojos de súplica.
Elara, que estaba doblando unas sábanas de lino, suspiró con una sonrisa resignada.
—Está bien, pero solo por e