Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.
—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad p