Kael permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera ordenando algo dentro de sí. Luego habló con una voz más grave, más honesta, despojada del tono distante que solía usar incluso con ella.
—Aylén… siempre he creído que para que un matrimonio sea verdadero, no deben existir las mentiras.
Ella alzó el rostro de inmediato, desconcertada. Su corazón dio un pequeño salto, no de miedo, sino de intuición.
—No… no entiendo —dijo—. ¿A qué se refiere?
Kael empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Esta vez no buscó su bastón. Ese gesto, tan simple, la sorprendió más que cualquier palabra. En lugar de ello, extendió la mano hacia ella, abierta, firme, segura.
—Ven conmigo —pidió.
Aylén dudó apenas un instante antes de levantarse. Sus dedos temblaron al posarse en la palma de Kael, pero él cerró la mano con suavidad, como si ese contacto fuera algo sagrado. Al sentirlo, algo dentro de ella se acomodó, como si su cuerpo reconociera ese gesto desde mucho antes.
—Ares nos va a guiar al