Kael permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera ordenando algo dentro de sí. Luego habló con una voz más grave, más honesta, despojada del tono distante que solía usar incluso con ella.
—Aylén… siempre he creído que para que un matrimonio sea verdadero, no deben existir las mentiras.
Ella alzó el rostro de inmediato, desconcertada. Su corazón dio un pequeño salto, no de miedo, sino de intuición.
—No… no entiendo —dijo—. ¿A qué se refiere?
Kael empujó la silla hacia atrás y se puso