El ambiente se había suavizado cuando retiraron los platos principales. Aylén ya no sostenía los cubiertos con tanta rigidez y había comenzado a apoyar la espalda en la silla, aunque aún se sentía consciente de cada gesto. Las velas proyectaban una luz cálida que hacía menos imponente el salón, y el sonido lejano del agua de una fuente llegaba amortiguado, casi reconfortante.
Cuando el postre fue servido, Kael habló de nuevo, con un tono más cercano, menos ceremonial.
—Dime algo, Aylén —dijo—. ¿Qué te gusta hacer?
Ella se quedó inmóvil un segundo, sorprendida por la sencillez de la pregunta. Nadie se lo había preguntado nunca así, sin burla, sin intención de corregirla. Bajó la mirada, buscando la respuesta dentro de sí.
—Me gusta… dibujar —admitió finalmente, con voz suave—. Desde niña. Siempre que podía.
Alzó los ojos, insegura, como si esperara que él se riera o le dijera que era una pérdida de tiempo.
—Pero nunca pude explorar más allá —continuó—. No tenía materiales. Ni tiempo. D