El ambiente se había suavizado cuando retiraron los platos principales. Aylén ya no sostenía los cubiertos con tanta rigidez y había comenzado a apoyar la espalda en la silla, aunque aún se sentía consciente de cada gesto. Las velas proyectaban una luz cálida que hacía menos imponente el salón, y el sonido lejano del agua de una fuente llegaba amortiguado, casi reconfortante.
Cuando el postre fue servido, Kael habló de nuevo, con un tono más cercano, menos ceremonial.
—Dime algo, Aylén —dijo—.