Eyssa sintió aquellas manos como tentáculos que la atrapaban sin compasión, manos sucias, ásperas, desprovistas de humanidad.
Se movían sobre su piel como si quisieran arrancarle no solo la dignidad, sino la vida misma.
Gritó, luchó, pataleó hasta desgarrarse la garganta, pero nadie la escuchaba; en ese calabozo, su voz se ahogaba en las paredes de piedra húmeda, y sus lágrimas se perdían entre el polvo y la sangre que ya manchaban el suelo.
Y entonces, ocurrió.
Un dolor insoportable, como un cu