La mirada de Heller ardía como un fuego indomable, sus ojos amarillentos cargados de rabia y decepción.
La mano que momentos antes la sostenía con fuerza se aflojó de golpe, y Eyssa cayó al suelo, su cuerpo tembloroso golpeando contra las frías losas.
Él, sin mostrar compasión, extendió el brazo y tomó a la otra mujer, Irina, apartándola con un gesto que marcaba su decisión irrevocable.
—Entonces… —su voz retumbó como un trueno en medio de la tormenta— no serás más mi esposa.
Un silencio helad