Cuando Eyssa abrió los ojos, la primera sensación fue un vacío en el pecho, como si el tiempo hubiera retrocedido a la fuerza y la hubiera arrojado de nuevo al punto exacto donde todo comenzó… y donde todo acabó.
Estaba en aquella habitación que conocía demasiado bien, los muros fríos, la cama amplia, el olor a incienso que siempre le producía mareo. Sus dedos temblorosos bajaron instintivamente hasta su vientre, y entonces lo comprendió.
Había renacido.
No era un sueño. No era un recuerdo. Esta