En el reino de Rosso
—¡Miente, Su Majestad! —gritó el pícaro, su voz temblando asustado, todo lo que quería era salvarse, pero sabía, muy en el fondo, que era imposible—. ¡Ella nos engañó! Prometió oro, montañas de oro, solo por aparearnos con una loba. Dijo que sería fácil… que ella misma le daría un afrodisíaco, que la hembra estaría dispuesta, sumisa. ¡No mencionó jamás que era una Luna! ¡No habló de que la futura reina, ni de sangre real! Solo… solo era un trato, un maldito trato por dinero.