Todos miraron a Rhyssa.
Pero ninguna mirada fue tan devastadora como la de Jarek.
Su presencia se volvió un muro de pura energía.
Sus ojos —rojos como la sangre, rojos como la furia del lobo ancestral que ardía dentro de él— no pestañeaban.
La miraban.
La traspasaban.
Como si ya no viera a una loba, sino a una traidora vestida de seda.
Rhyssa tragó saliva.
Podía sentirlo.
Su lobo interior se encogió.
Aulló en su mente, lleno de un miedo que ni siquiera el instinto podía calmar.
Sabía que, si s