Cuando Esla cayó, el impacto fue seco, su cuerpo golpeó la tierra con un sonido sordo, mezclado con un jadeo agónico.
El disparo la había alcanzado, y aunque su cuerpo seguía con vida, el onagra —ese veneno maldito diseñado para adormecerla y debilitarla— ya corría por su sangre, como cadenas líquidas que la ataban desde dentro.
Su lomo temblaba, su respiración era desigual, y sus patas apenas respondían.
Y entonces, él rio.
Esa risa grave, arrastrada y venenosa, la atravesó como un puñal frío e