La luna brillaba con fuerza en el cielo nocturno, iluminando el campo desolado donde Esla yacía, su cuerpo agotado y herido, aún marcado por el veneno onagra.
A pesar de su debilitamiento, algo dentro de ella aún permanecía despierto, como un último vestigio de lucha que no estaba dispuesto a ceder.
Sus ojos se abrieron lentamente, y al sentir el viento en su rostro, la loba se levantó con dificultad.
Miró al cielo, a la luna, la única que había permanecido constante en su vida, la única que nun