Cuando llamaron a la habitación, Lucien entró con paso firme, su presencia, llenando el espacio con un aura de protección y autoridad.
Al ver a su hija, el corazón se le encogió; su mirada se suavizó mientras avanzaba hacia ella.
Sin dudarlo, la tomó entre sus brazos y la sostuvo con fuerza contra su pecho, como si quisiera absorber todo el dolor y la angustia que percibía en ella.
—Mi pequeña princesa —susurró, dejando escapar un hilo de voz quebrada por la preocupación y el amor.
—Padre —respo