Cuando el doctor se fue, Narella permaneció en silencio.
El leve chasquido de la puerta al cerrarse pareció resonar como un eco interminable en la estancia. Se quedó de pie, inmóvil, observando a Alessander.
El príncipe yacía sobre la cama, dormido, su rostro pálido contrastando con las sábanas de lino blanco.
A pesar de su debilidad, su pecho subía y bajaba con lentitud, como si cada respiración fuera un esfuerzo titánico.
El corazón de Narella latía con fuerza, pero no era solo el suyo… dentro