Alessander la abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera protegerla de todo el horror que los rodeaba.
Sentía el temblor de Narella contra su pecho, su respiración agitada, la fragilidad de su cuerpo presionado contra el suyo.
Su corazón latía con violencia, no solo por el miedo, sino por esa necesidad urgente de mantenerla a salvo, de no dejarla ir jamás.
Los disparos estallaron como truenos en la tormenta.
Los guardias reales, obedeciendo antiguas órdenes de Jarek, usaban los rifles de l