—¡¿Qué has dicho?! —rugió Lucien, con los ojos desorbitados y la voz impregnada de incredulidad.
El tiempo pareció detenerse. El viento cesó. Incluso el canto lejano de los cuervos en los muros se apagó, como si el universo contuviera el aliento.
Las palabras de Audrey se clavaron en su pecho con la fuerza brutal de una lanza.
Un sudor frío le recorrió la espalda. Aquello no podía estar sucediendo. No ahora. No en medio del caos, de la guerra, de las pérdidas.
No cuando su lobo aullaba por Aless