El rey se levantó con solemnidad, el peso de los años y del reino reflejado en su espalda recta.
Sus ojos azules, profundos y cansados, se fijaron en Hester con una intensidad que podía derretir la piedra misma del castillo.
Hester, con la frente en alto, recibió su mirada y se inclinó ligeramente en señal de respeto.
—¡Salgan todos! —ordenó el rey, su voz, resonando con la autoridad que solo un monarca podía imponer.
Todos los presentes obedecieron de inmediato, dejando el gran salón en un sile