—¡Detengan al príncipe Hester y tráiganlo ante mí! —sentenció el rey Crystol con voz grave, su eco resonó en todo el salón del trono.
Nadie osó contradecirlo. Los generales y soldados se inclinaron y salieron a ejecutar la orden.
Lo que ninguno de ellos sabía era que Hester ya se encontraba en camino.
No huía, no se escondía.
Corría en su forma lobuna, acompañado por Eyssa, su esposa y princesa, así como por los guerreros que ahora eran parte de su nueva manada.
Atravesaban los bosques con paso