El rey se levantó de golpe del trono, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada.
Sus manos, que siempre habían sido firmes, temblaban como si hubiesen perdido toda autoridad. Miraba al vacío, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.
—¡No puede ser! —exclamó con un grito que resonó en el salón real—. ¡Esto es imposible!
El silencio se apoderó de los cortesanos presentes, que no se atrevieron a levantar la vista del suelo. El consejero real, un hombre de cabellos grises y voz