—¡Es una loba dorada! —bramó Jarek con una furia contenida, su voz resonando como un trueno en las paredes de piedra—. ¡Todos, al salón del trono ahora mismo!
La sala quedó en un silencio abrumador, solo interrumpido por el eco de sus pasos pesados al marcharse.
Kaela no tardó en seguirlo. Sus tacones repicaban con desesperación sobre el mármol, hasta que logró alcanzarlo en el corredor.
—¡Su majestad! —exclamó, tomándole del brazo con una mezcla de súplica y temor—. Esa loba dorada… ¡ella tiene