Pronto, la embarcación atracó en los viejos muelles de la isla Brístol.
Un lugar olvidado por la mayoría, casi un mito entre los súbditos del Reino del Norte.
La isla parecía desértica, cubierta de brumas heladas que se levantaban del mar y se deslizaban entre las piedras húmedas. A
penas unos pocos guardianes vivían allí, encargados de vigilar aquel territorio árido y silencioso que, pese a su abandono, seguía perteneciendo a la corona.
El aire olía a sal y soledad.
Hester bajó del barco con pa