Cuando Elara llegó a la habitación donde Alessia se refugiaba desde hacía días, el ambiente olía a encierro, a incienso seco y a lágrimas antiguas.
La encontró sentada junto a la ventana, con los ojos rojos, las mejillas húmedas y el vestido desarreglado. Su figura se veía frágil, como si hubiera envejecido años en tan solo una noche.
Elara cerró la puerta con suavidad y se acercó en silencio, con ese andar majestuoso que no perdía ni siquiera en medio del dolor.
La miró largo rato antes de habl