Hester levantó a Eyssa del suelo con un cuidado desesperado, como si temiera que su cuerpo frágil se deshiciera entre sus brazos.
Su respiración era débil, su piel fría. La acomodó en el asiento de su auto y, sin mirar atrás, cerró la puerta con brusquedad.
—¡Hester, no puedes llevarte a mi esposa! —gritó Heller con la voz cargada de furia y desesperación.
Pero el príncipe no respondió.
Con los ojos clavados en el frente, arrancó el motor y salió disparado. La rabia de su hermano resonó detrás d