Los gritos desgarraban el aire como cuchillas de fuego. La tensión era insoportable, como si el tiempo mismo hubiera contenido el aliento en medio del caos.
Los guardias irrumpieron en la escena, decididos, furiosos, empujados por el pánico y el instinto de proteger.
La mujer, con la respiración entrecortada y los ojos enloquecidos, intentó escapar. Su cuerpo se movía como un animal acorralado, arañando, golpeando, pataleando con desesperación.
—¡Suéltenme! ¡NO! ¡Déjenme! —chillaba, su voz conve