—¿Quién eres tú? —gruñó Jarek con los ojos entrecerrados, apenas incorporándose de la cama revuelta—. ¿Por qué estás aquí? ¿¡Qué haces en mi cama!?
La joven, envuelta en la sábana como si fuera una pecadora frente al verdugo, bajó la mirada. Sus labios temblaban y en sus ojos se asomaban lágrimas que no tardaron en rodar por sus mejillas.
—Su Majestad... yo… —sollozó—. Fue usted quien me lo pidió… ¡Usted me deseó! ¿Ya no lo recuerda? ¡Mire las sábanas! —Se apartó el lino con manos temblorosas, d