La mansión del marqués se alzaba como una fortaleza silenciosa entre la niebla de la madrugada, y Narella no tenía más refugio que el miedo palpitante en su pecho.
Cuando cruzaron las puertas, él la sujetó con brutalidad. Sus dedos se clavaron en su brazo como garras, arrastrándola por los pasillos vacíos hasta su alcoba.
—¡Suéltame! —gritó, pero sus súplicas se perdieron en el eco de los muros fríos.
Al llegar, el marqués abrió la puerta de un empujón. Entraron, y antes de que ella pudiera retr