Elara la sujetó del cuello con fuerza, levantándola apenas unos centímetros del suelo. Su mirada dorada, encendida por la furia, era tan brutal que incluso el guardia apostado en la entrada desvió la vista, temblando como una hoja.
—¿Quién demonios te crees que eres? —escupió Elara con voz ronca, vibrante de rabia contenida—. ¿Creíste que podías jugar con mi compañero? ¿Con mi reino? ¿Conmigo?
Kaela jadeaba, apenas lograba respirar. Lágrimas rodaban por su rostro sucio, pero no imploró perdón. E