Narella abrió los ojos bruscamente.
Su cuerpo temblaba, su pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de correr kilómetros en la niebla. Pero no tenía miedo. Todo lo contrario… una sonrisa temblorosa se formó en sus labios.
—La tengo… —susurró—. ¡Tengo una loba! ¡Tengo una loba real!
Por primera vez en mucho tiempo, una chispa de esperanza ardía en su corazón.
***
A la mañana siguiente, en otra ala del castillo…
Elara observaba por la ventana, su mirada perdida en el horizonte helado. Habí