—¡Ella es nuestra mate! —rugió Persedon desde lo más profundo del alma del príncipe.
Alessander sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. Era como si un relámpago lo hubiese atravesado al oír la voz de su lobo, tan segura, tan salvaje… tan hambrienta de ella.
Narella lo miró con ternura preocupada, sin saber la tormenta que acababa de desatarse dentro de él.
—¿Está bien, mi príncipe? —preguntó ella, con voz suave, apenas un susurro.
Él asintió sin responder de inmediato, pero sus ojos, os